Hay maneras y maneras de jugar al fútbol, incluso en la élite existen esquemas, tácticas y estilos diversos. Por ello está claro que es lícito utilizar cualquier dibujo o estrategia de juego para ganar en éste deporte, ninguna manera está más cualificada que las demás. Los equipos que emiten mensajes de músculo y testiculina abundan desde que se inventó este juego. Sus defensores apelan a la pasión, a la entrega y a la fidelidad. Dicen los apóstoles del resultado que estamos hablando de fútbol profesional y solamente cuenta el marcador. Quizás no les falte razón, el deporte de élite es ingrato y carece de memoria.

Durante años el estilo de referencia para el fútbol español fue la “furia”; a ese estilo siguen agarrándose muchos clubes: El R.Madrid, sin ir más lejos,  ha conseguido enormes éxitos en su brillante pasado, y también recientes con goles de garra o en tiempos de descuento, aferrándose “a la heroica”: esos momentos donde la fe es más efectiva que la organización.

Mucho ha llovido desde que Belaúste gritara aquello de “A mí Sabino, que los arrollo” y se forjase la leyenda de la “furia española’’, lo cierto es que los arrolló, consiguiendo un gol que serviría para que España acabase ganando la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de 1920; ese éxito deportivo, transformado en gesta por la prensa, llevó a imaginar que el fútbol español estaba obligado a transitar siempre por el mismo sendero a pesar de la ausencia de alegrías, con la honrosa excepción de la Eurocopa de 1964.

Pero hay lugares, cada vez más, donde el foco no está tanto en el cuánto sino en el cómo. No es marcar un gol, es la manera de hacerlo; no es conseguir el éxito deportivo,  es tratar de vencer mediante la imposición de tu visión y someter al contrario a tu superioridad con la bola. Si hay un lugar donde esa idea ha calado con más fuerza hasta convertirse en denominación de origen, ese lugar es Can Barça.

El Dominio apabullante del rival que, encerrado en su propia área, es incapaz de recuperar la posesión de la bola y acaba encajando un gol, es el triunfo de la belleza sobre el pragmatismo, la victoria del toque sobre la furia, o como un violín puede sonar más fuerte que un tambor. Los brillantes resultados de ésta manera de encarar el juego han conseguido que otros muchos también quisieran experimentar el mismo camino y afrontar los mismos riesgos; además el mundo globalizado ha conseguido que las aficiones de muchas otras latitudes exijan más respeto al balón, más llegadas de talento y menos colmillo retorcido.

Como el deporte tiene giros imprevistos hemos asistido en los últimos años a una pérdida de fuerza de ese discurso en la cuna misma del “tiki-taka”; El F.C. Barcelona de la mano de Luis Enrique apostó por dar un giro a la idea y basar su equipo en un trío de excelentes delanteros a costa de restar importancia al mediocampo. La apuesta del asturiano dio sus frutos el primer año con una colecta extraordinaria de trofeos y con la sensación de que el estilo no era tan importante si tenías jugadores de primer nivel. El caso es que lo importante era que la bola llegase lo antes posible a los tres  de arriba que con su calidad y recursos, podrían golear a cualquiera. Mientras la bolita fue entrando el aficionado no vio motivos para la queja, como suele ocurrir en el deporte, el problema llegó cuando se secó la fuente del éxito. El aficionado contempló que lo único que tenía aquel equipo era contundencia ofensiva y a un genio de Rosario.

El difícil carácter del gijonés precipitó su relevo  por otro hombre que conocía la casa y que siempre aparecía en las quinielas para ocupar el banco culé. El problema es que “el elegido” nunca había hecho gala de un juego preciosista, ni de dar importancia excesiva a la posesión de la pelota; es Valverde un técnico de jugar con dos mediocentros defensivos, un nueve puro que tuviese remate, carrileros que centrasen y una línea de tres que llegaba por detrás del ariete y presionaba adelantado tras pérdida. Tras un inicio que dejaba muchas dudas, consiguió el míster dar con la tecla reforzando las prestaciones defensivas y dejando libertad a Messi para mezclar con los compañeros de ataque y con las incorporaciones del lateral más ofensivo de Europa.

Pero todo lo anterior pertenece al pasado, el presente empuja y el soci ha comprobado que la dinámica ganadora del año anterior se ha esfumado, que se ha perdido solidez y que los delanteros han perdido efectividad, a excepción de “el de siempre”. Ven ahora desde las gradas que sin victorias el discurso del técnico vasco no convence, no se la juega con la cantera (ni una sola vez ha mantenido la fe en un chaval del filial: alinearlos en pretemporada o en partidos intrascendentes no es apostar por la cantera). La necesidad de encajar a Coutinho como volante, para seguir teniendo a Dembelé en lo verde, ha hecho que el equilibrio se pierda y el castillo se ha desmoronado como si tuviese cimientos de arena.

Obligado por la racha de tropiezos, el míster se ha visto empujado a poner a un pelotero brasileiro que semeja haber mamado de ubres blaugranas y pareciese que el Txingurri ha dado con la melodía al fin, y recibido el mensaje. El estilo del Barça ha necesitado siempre del protagonismo de los centrocampistas (¡¡si hasta se llegó a jugar con Cesc en lugar de un ariete clásico en la posición de “falso nueve”!!), el sistema Barça necesita posesión en zonas peligrosas para el rival, requiere velocidad de balón y movilidad, constantes apoyos y la voluntad de recuperación inmediata tras pérdida.

Otras fórmulas pueden funcionar, sí; pero no son ni la sombra del sello que nos hizo los protagonistas del mejor fútbol de la Historia. Pienso que al frente de la nave azulgrana siempre debe estar un técnico que entienda que somos los guardianes de un estilo y que tenemos la responsabilidad de avanzar en ese estilo, el que nos legó. Cruyff y que otros grandes entrenadores perfeccionaron.

Ramiro Ruibal

Colaborador

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