El enfrentamiento de la pasada jornada entre el Atlético de Madrid y el Fútbol Club Barcelona prometía resolver cuál era el candidato más idóneo para liderar la clasificación de la Liga, para consolidar una apuesta deportiva en lo más alto una vez que asistimos a la derrota del Real Madrid contra el sorprendente Eibar; pero arrojó más cautela que confianza, más respeto que descaro y más preguntas que respuesta

El equipo de Valverde salió con muchas precauciones, esperando un asedio colchonero que nunca se produjo, una presión local muy adelantada que estrangulase la habitual apuesta culé pero el escenario fue otro: Vimos a un Atlético aculado durante gran parte del choque, metidito atrás en espera de los embates blaugranas que nunca llegaron. La primera que se me ocurres es ¿permitiría el aficionado culé un planteamiento táctico del estilo Simeone? Sinceramente estoy convencido que la respuesta es NO.

Todos teníamos claro que en el banquillo catalán algo falla con una dirección técnica dando más bandazos que un carrito de supermercado, que ahora apuesta por alinear juntos a Coutinho, Dembelé, Suárez y Messi con un evidente desequilibrio táctico, donde el jugador francés pasa de aportar goles y desequilibrio a desaparecer en diez días, el brasileño pasa de ser el elegido para sustituir a Iniesta a ser el sustituto de Neymar en un tridente que regaló títulos y un equipo roto a partes iguales, y el goleador uruguayo pasa de ser un estorbo al que hay que sustituir a convertirse en pichichi nuevamente, viendo al técnico vasco que ahora apuesta por reforzar el centro del campo con Arthur y Rafinha, ahora elige a Arturo Vidal (jugador con muchas virtudes para ayudar al colectivo pero que no es un pelotero estilo La Masía) , ahora ponemos a Sergi Roberto de lateral, luego de mediocentro y más tarde de volante por izquierda; Claramente no existe un plan meditado para el colectivo.

Vemos a una plantilla veterana y con pocos descansos lo que lleva a pilares como Busquets, Rakitic o Piqué a bajones de rendimiento preocupantes, posiblemente fatigados por falta de descanso ante compromisos veraniegos, sin reacción de los responsables deportivos ni apuesta por jóvenes prometedores (Sámper, Aleñá, R. Puig, Munir…), una plantilla confeccionada sin lateral izquierdo suplente, sin sustituto claro para el mediocentro defensivo, con sólo dos centrales afianzados, con un central recién llegado y otro con triste tendencia a lesionarse que no tranquiliza a nadie. Vemos que los recién fichados han ido entrando en el equipo, más por problemas de lesiones ajenas que por méritos propios (Arthur o Lenglet) o han entrado a cuentagotas o simplemente han estado desaparecidos durante meses como el caso de Malcom. Nada de lo relatado avala un proyecto deportivo a medio plazo, más bien al contrario, nos lleva a cruzar los dedos esperando que San Lionel nos rescate una vez más.

Este tipo de cosas suelen ocurrir cuando firmas a un entrenador con un sistema táctico tan distinto al estilo Barça. Alguien debería asumir esa responsabilidad ante el soci. Dicho lo cual, todavía es más curioso si volvemos la cabeza hacia el máximo rival histórico que torpedeó la necesaria tranquilidad de la Selección Española para publicitar a su nuevo míster, el elegido después de sonadas calabazas de otros técnicos, que vino a imponer un sistema con más balón que eficacia y que no gozó de la paciencia de la Directiva blanca ni del acierto de sus muchachos en el campo. Se le mandó a su casa en espera de concretar el nuevo propietario del vestuario blanco, difícil pesca en noviembre, mientras se anuncia el ascenso del entrenador del Castilla como interino por dos semanas.

Si esta situación nos podía parecer rocambolesca en un club de talla mundial como el Real Madrid, el siguiente giro es de traca: El argentino que promete “jugar con dos cojones ante el peligroso Melilla” es recibido bien por un vestuario repleto de egos complicados y una grada en estado de desesperación. A pesar que el juego no mejora  en absoluto, vuelven las transiciones rápidas y, sobre todo, la contundencia. Conclusión: la declarada solución provisional se convierte en definitiva, no solamente para lo que resta de temporada sino que se le ficha también por dos temporadas más. Parece que tenían delante un diamante y no lo habían visto o que se firman contratos como el padrino que regala estampitas en las bodas. En suma, no se consuela el que no quiere, dirán los culés. En medio de todo este marasmo el anti-fútbol de Simeone sigue acumulando puntos porque no se sabe hasta cuándo durará la empanada de los dos gigantes.

Ramiro Ruibal

Colaborador

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